domingo, 14 de octubre de 2012
Octubre
viernes, 29 de julio de 2011
De “Manual de Zoología Fantástica” (Jorge Luis Borges)
Es así, que quiero hablar de mis relecturas, de aquellas que tanto he disfrutado, y que son en algunos casos, autoría de Borges. Cuantas veces he vuelto a la página: “Delia Elena San Marco” o, a “Los Espejos Velados” en el “Hacedor”; o he vuelto, como si fuera la primera vez, a abrir mi humilde ejemplar de “Siete Noches”, o “Nueve Ensayos Dantescos”, pero no me extenderé más, la lista se haría larga… pues el motivo que me trae de nuevo a las teclas es hablar de un libro en especial, del “Manual de Zoología Fantástica”[*], específicamente, compartir con ustedes la emoción que me provocaba una pieza de ese libro.
Corría el año 2007, año en el que yo era estudiante normal, por esos tiempos hacía unas investigaciones rubendarianas, de las que hoy me avergüenzo; y en ese marco, viajé a Nicaragua, a la ciudad de León, para participar de un simposium; estuve casi una semana en esa bella ciudad, así que una tarde, entré a un pintoresco remate de libros, y entre las pocas cosas buenas que vi, se encontraba un ejemplar de “El Manual de Zoología Fantástica” de Borges. En ese tiempo yo era más incauto, me emocionaba por todo, así que cuando ví el ejemplar de bolsillo, se apoderó de mi un sentimiento mágico; para mí, ese libro era como un gran tesoro, era, como si él había estado esperando por mí (imagínense mi locura y fanatismo). Salí de la tienda con mi pequeña joya, como un niño con juguete nuevo, feliz por mi nueva adquisición.
Mi felicidad se hizo más grande cuando recorrí sus páginas. Recuerdo que me sentaba de vez en cuando en alguna banca de parque con mi pequeño ejemplar, releyendo: “A Bao A Qu”, “Animales de los Espejos”, “El Behemoth”, “El Borametz”, “La Quimera” y recordando las prosas de Kafka: “Una Cruza”, “El Odradek”. Pero mi pieza favorita era “El Caballo Del Mar”; me gustaba, especialmente por que irradiaba una ternura inexplicable: para mí esa pieza estaba cargada de sensualidad, me evocaba siempre una manada de caballos negros desbordándose entre las olas.
Uno de estos días, que estaba desarmando mi biblioteca me rencontré con el ejemplar; inexplicablemente cayó al suelo, lo levanté y ví la misma tapa de cartón que había visto años antes; lo palpé, pasé mi mano sobre su lomo como si acariciara a un noble animal… Hoy las cosas han cambiado, en pocos años he acumulado un desencanto por la vida: ya no soy aquél muchacho, al que años atrás, la adquisición de un libro sencillo lo hacía feliz. Así que fantasee, pensé que el libro se había caído a propósito, como exigiéndome que lo leyera, que volviera a aquellos años, y me dije: “Dejemos que el encanto se repita”.
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[*] Que años después, parte de su contenido se reeditara como: “El Libros De Los Seres Imaginarios” por contar con adiciones.
sábado, 28 de agosto de 2010
Entre líneas de: “Memorias del Subsuelo” (Fedor Dostoievski)

Las dignas hormigas empezaron construyendo hormigueros, y muy probablemente los seguirán construyendo eternamente, dada su constancia y sentido práctico. Pero el hombre, en cambio, es un ser mudable, y es posible que le guste sólo la acción en si, sin importarle el objetivo que se puede alcanzar.[*] Y ¿Quién sabe?, acaso el único fin que busca el hombre consista en ese esfuerzo, en esa acción; o mejor aún, talvez la vida no tenga un fin que pueda traducirse en una fórmula del tipo: “dos y dos son cuatro”. Ahora bien, “dos y dos son cuatro” es un principio de muerte y no un principio de vida. En todo caso, el hombre sabio mira con mucha prudencia ese “dos y dos son cuatro”.
Ciertamente el hombre parece empecinado en alcanzar ese “dos y dos son cuatro”, cruza océanos, arriesga su vida…, pero os aseguro que en el fondo teme encontrarlo, porque cuando dé con él, ya no tendrá nada que hacer. Cuando termina la jornada y reciben el dinero, los obreros se van a la taberna, y luego se divierten durante la noche de modo que tienen para toda una semana. Nuestro hombre es muy diferente. Se entristece cada vez que alcanza uno de sus objetivos. Quiere, eso sí, avanzar en dirección a la meta; pero cuando llega, no siente ninguna satisfacción. Esto es realmente extraño, casi cómico. Y es que el modo de ser del hombre tiene, sin duda, algo muy cómico. En fin, sea como fuere, eso de “dos y dos son cuatro” es algo peligroso y desagradable. Yo lo calificaría de insolente. “Dos y dos son cuatro” nos desafía con insolencia. Desafiante se planta en medio de nuestro camino y nos escupe la cara.
Pero decidme: ¿Por qué creéis que sólo es necesario lo normal, lo positivo, el bienestar en suma? ¿Es que acaso la razón no se equivoca en sus apreciaciones? Puede que el hombre desee únicamente el bienestar. Pero ¿no es también posible que secretamente desee el sufrimiento? ¿Acaso el sufrimiento no puede ser para él tan ventajoso como el bienestar? El hombre, a veces, desea apasionadamente sufrir: está comprobado. No hay necesidad de revisar la historia universal. Preguntémonos a nosotros mismos; bastará que seamos hombres para responder, por poco que hayamos sufrido. Si queréis conocer mi opinión sobre este asunto, os diré que es incluso un error grave desear únicamente el bienestar. ¿Está esto bien?, ¿está mal? Yo no lo sé. Pero lo cierto es que a veces resulta muy agradable, y hasta necesario, romper algo. Yo no quiero defender el sufrimiento y atacar el bienestar: lo que defiendo es mi capricho, y lucharé todo lo que sea necesario para que me sea garantizado. Sé que no se lo puede admitir en un palacio de cristal, pues el sufrimiento conlleva duda y negación, y ¿Qué sería de un palacio de cristal en el que se pudiera dudar? Estoy seguro de que el hombre no renunciará nunca al verdadero sufrimiento, es decir, a la destrucción y al caos.
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[*] El énfasis sobre el texto es nuestro.
Tomado de:
Dostoievski, F. (2005) Memorias del Subsuelo. Ediciones Libertador. Buenos Aires: Argentina. Páginas: 34-35.
jueves, 4 de febrero de 2010
Mujeres de poetas (Gonzalo Arango)
Ocurre que las mujeres abandonan a los poetas como si fueran grajos o caballos viejos. Alegan como razón su miseria, su desapego del mundo, su nulidad utilitaria. O porque la imagen idealista que se forjaron de él se derrumba bajo el techo de una realidad sombría.Yo me enamoro de una mujer únicamente cuando estoy seguro de dos cosas: ser inimitable en hacerla feliz, y en hacerla sufrir.
Espero de tal mujer un amor reciproco.
Si resiste la felicidad lo mismo que la pena; si su corazón no cesa de latir en la soledad con el mismo ímpetu y pasión; si aún en medio de pavorosos desgarramientos conserva una nítida integridad; y si tiene la absoluta generosidad de renunciar a los rosados mundos por el puñado de afecto que el vivir exprime, entonces sé que ahí está el amor con su carga de miseria y conmiseración.
Tomado de:
Arango, Gonzalo, Obra Negra. Ediciones Carlos Lohlé. Buenos Aires, Argentina: 1999.
viernes, 8 de enero de 2010
CAÍN UN MISTERIO (Lord Byron)
La Serpiente era la más astuta de todos los animales del campo que Yahvé había creado.Génesis, Capítulo 3, versículo 1.
Acto I.
ESCENA 1. - La Tierra Sin Paraíso. - Tiempo, el Amanecer. ADAN, EVA, CAIN, ABEL, ADAH, ZILLAH, ofreciendo un sacrificio.
ADAN. ¡Dios Eterno! ¡Infinito! ¡Omnisapiente! ¡Que saliste de la oscuridad en el abismo profundo para hacer la luz entre las aguas con una sola palabra! ¡Con el retorno de la luz! ¡Todos te alaben! ¡Yahvé! Al amanecer: ¡Todos te alaben!
EVA. ¡Dios! ¡Que nombraste el Día y el Alba separándolos de la Noche! ¡Que dividiste la luz de las tinieblas! ¡Que dividiste las olas del mar de la tierra seca, y nombraste al suelo seco Tierra, y la bóveda de arriba llamaste Firmamento! Yahvé: ¡Todos te alaben!
ABEL. ¡Dios! que nombraste los elementos: Tierra, Océano, Aire y Fuego. Y nombraste el Día y la Noche, iluminándolos con miles de mundos entre las sombras. Que nos diste los seres más pequeños para que podamos gozar de ellos, ¡Y para que mutuamente nos amemos! ¡Todos te alaben! Yahvé: ¡Todos te alaben!
ADAN. ¡Dios! ¡Padre Eterno de todas las cosas! Que creaste a los ángeles, esos seres hermosos de flamígeras espadas. Yahvé, ser querido, más que todos, déjanos amarnos: ¡Todos te alaben! Yahvé: ¡Todos te alaben!
ZILLAH. ¡Oh, Dios! que amaste tu obra, bendiciéndonos a todos. Que permitiste a la Serpiente entrar al Jardín y arrastrarse silenciosamente para conducir a mis padres fuera del Paraíso. Dios, líbranos del mal, protégenos de Lucifer: ¡Todos te alaben! Yahvé ¡Todos te alaben!
ADAN. (Exhortando a Caín) ¡Hijo mío! ¡Caín! Mi primogénito ¿Por qué estás tan callado?
CAIN. (Desdeñoso) ¿Qué quieres que diga? ¿Por qué debo hablar?
ADAN. Ruega a Dios.
CAIN. ¿Debo de rogarle?
ADAN. Debemos rogarle, lo más fervientemente posible.
CAIN. ¿Y en voz alta...?
ADAN. Si. Porque solo en Dios confiamos.
ABEL. ¡Amen!
ADAN. (A Caín) ¿Pero hijo mayor?... ¿Por qué sigues guardando silencio?
CAIN. Es mejor que me quede de esa manera.
ADAN. ¿Por qué no sigues con la oración?
CAIN. No tengo nada que pedir.
ADAN. (Consternado) ¿Ni nada que agradecer?
CAIN. No.
ADAN. ¿Ni siquiera porque Dios te ha dado la vida?
CAIN. ¿Prefiero morir?
EVA. Nuestro Árbol Prohibido comienza a dar más frutos.
ADAN. Y debemos recolectar la mala cosecha otra vez. ¡Oh Dios! ¿Por qué plantaste en el Jardín el Árbol del Conocimiento?
CAIN. ¿Y por qué no arrancó del Paraíso el Árbol de la Vida? Para que no pudiera ser desafiado.
ADAN. ¡Oh! mi hijo, no blasfemes: no pongas en tu boca las palabras que dijo la Serpiente.
CAIN. ¿Por qué no? La Serpiente dijo la verdad; era el Árbol del Conocimiento; Era el Árbol de la Vida: el conocimiento es bueno, y la vida es buena; ¿cómo puede ser malvada la Serpiente, si dijo la verdad?
EVA. (A Caín) ¡Mi muchacho! Mi más grande error es la desobediencia que cometí antes de que tú nacieras. No quiero que se repita la miseria de arrastrar con ese pecado, pues me arrepiento, ¡Oh Dios cuanto me arrepiento!
No quiero que mi descendencia caiga en las trampas de Lucifer hoy que estamos fuera de las paredes del Paraíso; pues, incluso dentro del Jardín, ante la presencia de Yahvé, la Serpiente destruyó a tus padres. Antes, vivíamos dichosos dentro del Edén, ahora ¡Hijo mío! resignémonos con nuestra condición de desterrados.
ADAN. Nuestras oraciones están completas, Yahvé nos ha dejado por lo tanto, Cada uno a su tarea. Nuestro trabajo, aunque no es pesado, pero si es necesario: la tierra es joven, y nos rinde amablemente sus frutos con poco esfuerzo.
EVA. Hijo mío, mi Caín; mira como tu padre se regocija con sus oraciones y con la ofrenda que acaba de propiciar. Tú tienes que repetir su ejemplo.
[Salen de la escena ADÁN y EVA.]
ZILLAH. (A Caín) ¿Hermano… estás molesto? ¿Por qué frunces el ceño?
ABEL. Caín ¿Por qué
te empeñas en actuar con pesimismo, ese comportamiento no puede servirte de nada, excepto para provocar la Cólera Eterna?
ADAH. Mi querido Caín. ¿Por qué tienes el ceño fruncido? ¿Por qué presionas impetuosamente tu pecho? ¿Te sientes mal?
CAIN. ¡No, Adah! no; estoy bien, necesito un poco de aire, nada más. Abel, sólo siento una leve angustia en mi corazón; pero ya me pasará; sigan adelante, hermano, te seguiré pronto. Y ustedes también, hermanas, no me retrasaré; Su paciencia no debe ser correspondida con ingratitud: las seguiré pronto.
ADAH. Si no regresas, volveré aquí para buscarte.
ABEL. ¡La paz de Dios esté contigo, mi hermano!
[Salen de la escena ABEL, ZILLAH, y ADAH.]
Imágenes: Gravados de Gustav Doré: [1] La Expulsión del Paraíso; [2] Caín y Abel Ofreciendo un Sacrificio.
martes, 24 de noviembre de 2009
“TRISTES TRÓPICOS” Párrafos últimos (Lévi-Strauss)
El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él. Las instituciones, las costumbres y los usos, que yo habré inventariado en el transcurso de mi vida, son la eflorescencia pasajera de una creación en relación con la cual quizá no posean otro sentido que el de permitir a la humanidad cumplir allí su papel. Lejos de que ese papel le marque un lugar independiente, y de que el esfuerzo del hombre —aun condenado— consista en oponerse vanamente a una decadencia universal, aparece él mismo como una máquina, quizá más perfeccionada que las otras, que trabaja por la disgregación de un orden original y precipita una materia poderosamente organizada hacia una inercia siempre mayor, que un día será definitiva. Desde que comenzó a respirar y a alimentarse hasta la invención de los instrumentos termonucleares y atómicos, pasando por el descubrimiento del fuego —y salvo cuando se reproduce a sí mismo— el hombre no ha hecho nada más que disociar alegremente millares de estructuras para reducirlas a un estado donde ya no son susceptibles de integración. Sin duda, ha construido ciudades y ha cultivado campos; pero, cuando se piensa en ello, esas realizaciones son máquinas destinadas a producir inercia a un ritmo y en una proporción infinitamente más elevados que la cantidad de organización que implican. En cuanto a las creaciones del espíritu humano, su sentido sólo existe en relación con éste y se confundirán en el desorden cuando haya desaparecido. Así, la civilización, tomada en su conjunto, puede ser descrita como un mecanismo prodigiosamente complejo donde nos gustaría ver la oportunidad que nuestro universo tendría de sobrevivir si su función no fuera la de fabricar lo que los físicos llaman entropía, es decir, inercia. Cada palabra intercambiada, cada línea impresa, establece una comunicación entre dos interlocutores equilibrando un nivel que se caracterizaba antes por una diferencia en la información, y por lo tanto una organización mayor. Antes que “antropología” habría que escribir “entropología" como nombre de una disciplina dedicada a estudiar ese proceso de desintegración en sus manifestaciones más elevadas.Sin embargo, existo. No ciertamente como individuo; pues ¿qué soy desde ese punto de vista, sino la postura, a cada instante cuestionada, de la lucha entre otra sociedad, formada por algunos millares de células nerviosas que se cobijan bajo el hormiguero del cráneo, y mi cuerpo, que les
sirve de robot? Ni la psicología, ni la metafísica, ni el arte, pueden servirme de refugio, mitos pasibles ahora también en su interior de un nuevo tipo de sociología que nacerá algún día y que no será con ellos más benevolente que la otra. El yo no es digno sólo de odio: no hay distancia entre un nosotros y un nada. Y si opto finalmente por ese nosotros, aunque se reduzca a una apariencia, es que, a menos que me destruya —acto que suprimiría las condiciones de la opción—, no tenga más que una elección posible entre esa apariencia y nada. Ahora bien, basta con que elija para que, por esta misma elección, yo asuma sin reservas mi condición de hombre: liberándome por ello de un orgullo intelectual cuya vanidad mido por la de su objeto, acepto también subordinar sus pretensiones a las exigencias objetivas de la liberación de una multitud a quien se niegan siempre los medios para tal opción.Si el individuo ya no está solo en el grupo y cada sociedad ya no está sola entre las cosas, el hombre no está solo en el universo. Cuando el arco iris de las culturas humanas termine de abismarse en el vacío perforado por nuestro furor, en tanto que estemos allí y que exista un mundo, ese arco tenue que nos une a lo inaccesible permanecerá, mostrando el camino inverso al de nuestra esclavitud, cuya contemplación —a falta de recorrerlo— procura al hombre el único favor que sabe merecer: suspender la marcha, retener el impulso que lo constriñe a obturar una tras otra las fisuras abiertas en el muro de la necesidad y acabar su obra al mismo tiempo que cierra su prisión; ese favor que toda sociedad codicia cualesquiera sean sus creencias, su régimen político y su nivel de civilización, donde ella ubica su descanso, su placer, su reposo y su libertad, oportunidad esencial para la vida, de desprenderse y que consiste en aprehender la esencia de lo que fue y continúa siendo más acá del pensamiento y más allá de la sociedad: en la contemplación de un mineral más bello que todas nuestras obras, en el perfume, más sabio que nuestros libros, respirado en el hueco de un lirio, o en el guiño cargado de paciencia, de serenidad y de perdón recíproco que un acuerdo involuntario permite a veces intercambiar con un gato.
Tomado de:
Lévi- Strauss, C (1988) “Tristes Trópicos” Ediciones Paidós Ibérica. Barcelona: España.
Imagen:
Rostro de Lévi-Strauss, con detalle del arte bakairi (Tejidos).
martes, 13 de octubre de 2009
Espantapájaros 22 (Oliverio Girondo)
Las mujeres vampiro son menos peligrosas que las mujeres con un sexo prehensil. Desde hace siglos, se conocen diversos medios para protegernos contra las primeras.
Se sabe, por ejemplo, que una fricción de trementina después del baño, logra en la mayoría de los casos, inmunizarnos; pues lo único que les gusta a las mujeres vampiro es el sabor marítimo de nuestra sangre, esa reminiscencia que perdura en nosotros, de la época en que fuimos tiburón o cangrejo.
La imposibilidad en que se encuentran de hundirnos su lanceta en silencio, disminuye, por otra parte, los riesgos de un ataque imprevisto. Basta con que al oírlas nos hagamos los muertos para que después de olfatearnos y comprobar nuestra inmovilidad, revoloteen un instante y nos dejen tranquilos.
Contra las mujeres de sexo prehensil, en cambio, casi todas las formas defensivas resultan ineficaces. Sin duda, los calzoncillos erizables y algunos otros preventivos, pueden ofrecer sus ventajas; pero la violencia de honda con que nos arrojan su sexo, rara vez nos da tiempo de utilizarlos, ya que antes de advertir su presencia, nos desbarrancan en una montaña rusa de espasmos interminables, y no tenemos más remedio que resignarnos a una inmovilidad de meses, si pretendemos recuperar los kilos que hemos perdido en un instante.
Entre las creaciones que inventa el sexualismo, las mencionadas, sin embargo, son las menos temibles. Mucho más peligrosas, sin discusión alguna, resultan las mujeres eléctricas, y esto, por un simple motivo: las mujeres eléctricas operan a distancia.
Insensiblemente, a través del tiempo y del espacio, nos van cargando como un acumulador, hasta que de pronto entramos en un contacto tan íntimo con ellas, que nos hospedan sus mismas ondulaciones y sus mismos parásitos.
Es inútil que nos aislemos como un anacoreta o como un piano. Los pantalones de amianto y los pararrayos testiculares son iguales a cero. Nuestra carne adquiere, poco a poco, propiedades de imán. Las tachuelas, los alfileres, los culos de botella que perforan nuestra epidermis, nos emparentan con esos fetiches africanos acribillados de hierros enmohecidos. Progresivamente, las descargas que ponen a prueba nuestros nervios de alta tensión, nos galvanizan desde el occipucio hasta las uñas de los pies. En todo instante se nos escapan de los poros centenares de chispas que nos obligan a vivir en pelotas. Hasta que el día menos pensado, la mujer que nos electriza intensifica tanto sus descargas sexuales, que termina por electrocutarnos en un espasmo, lleno de interrupciones y de cortocircuitos.
viernes, 26 de junio de 2009
PRÓLOGO A “TIERRA” (Julio Meden)
"La muerte no es nada, pero si estuvieras completamente muerto, no me oirías. Así que estás por aquí Ángel, en medio del océano más vasto y desconocido que puedas imaginar. La existencia, siempre va acompañada de un sonido de fondo, llamado angustia, que solo se soporta a medias, pero no te agobies: vives en la única luz conocida del universo, una isla diminuta a la altura de tus ojos, pero aun atravesada por agujeros de misterio."
miércoles, 15 de abril de 2009
FRASE:
“Quisiera ser, en prosa, un poeta muerto al que se le hecha de menos…”
Jules Renard
miércoles, 25 de febrero de 2009
El capítulo más bello de El Principito.
El primer libro que leí completo fue El Principito, tengo que aceptar que no soy un lector precoz, pues aprendí a leer a los 6 años y el libro calló en mis manos a los 7.Hoy me sentí como se habrá sentido el Principito en el pasaje del jardín de las rosas. Pero no es del capítulo XX el que quiero reseñar, sino el capítulo siguiente, que corresponde al encuentro entre el Principito y el Zorro: esa es una de las piezas de literatura que más me ha gustado desde que era niño. Es importante saber que la lección más importante que recibió el principito en la tierra, fue dada por el Zorro, sólo el pudo enseñarle que lo verdaderamente importante es invisible a los ojos, hay que ver con el corazón.
Fue entonces que apareció el zorro:
- Buen día - dijo el zorro.
- Buen día – respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta pero no vio a nadie.
- Estoy aquí – dijo la voz –, bajo el manzano...
- Quién eres ? – dijo el principito. – Eres muy bonito...
- Soy un zorro – dijo el zorro.
- Ven a jugar conmigo – le propuso el principito. – Estoy tan triste...
- No puedo jugar contigo – dijo el zorro. – No estoy domesticado.
- Ah! perdón – dijo el principito.
Pero, después de reflexionar, agregó:
- Qué significa "domesticar" ?
- No eres de aquí – dijo el zorro –, qué buscas ?
- Busco a los hombres – dijo el principito. – Qué significa "domesticar" ?
- Los hombres – dijo el zorro – tienen fusiles y cazan. Es bien molesto ! También crían gallinas. Es su único interés. Buscas gallinas ?
- No – dijo el principito. – Busco amigos. Qué significa "domesticar" ?
- Es algo demasiado olvidado – dijo el zorro. – Significa "crear lazos..."
- Crear lazos ?
- Claro – dijo el zorro. – Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo...
- Comienzo a entender - dijo el principito. – Hay una flor... creo que me ha domesticado...
- Es posible – dijo el zorro. – En la Tierra se ven todo tipo de cosas...
- Oh! no es en la Tierra – dijo el principito.
El zorro pareció muy intrigado:
- En otro planeta ?
- Sí.
- Hay cazadores en aquel planeta ?
- No.
- Eso es interesante ! Y gallinas ?
- No.
- Nada es perfecto – suspiró el zorro.
Pero el zorro volvió a su idea:
- Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen, y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, mira ! Ves, allá lejos, los campos de trigo ? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. Y eso es triste ! Pero tú tienes cabellos color de oro. Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado ! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo...
El zorro se calló y miró largamente al principito:
- Por favor... domestícame ! – dijo.
- Me parece bien – respondió el principito -, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
- Sólo se conoce lo que uno domestica – dijo el zorro. – Los hombres ya no tienen más tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas a los comerciantes. Pero como no existen comerciantes de amigos, los hombres no tienen más amigos. Si quieres un amigo, domestícame !
- Qué hay que hacer ? – dijo el principito.
- Hay que ser muy paciente – respondió el zorro. – Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la hierba. Yo te miraré de reojo y no dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
Al día siguiente el principito regresó.
- Hubiese sido mejor regresar a la misma hora – dijo el zorro. – Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; descubriré el precio de la felicidad ! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Es bueno que haya ritos.
- Qué es un rito ? – dijo el principito.
- Es algo también demasiado olvidado – dijo el zorro. – Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas. Mis cazadores, por ejemplo, tienen un rito. El jueves bailan con las jóvenes del pueblo. Entonces el jueves es un día maravilloso ! Me voy a pasear hasta la viña. Si los cazadores bailaran en cualquier momento, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se aproximó la hora de la partida:
- Ah! - dijo el zorro... - Voy a llorar.
- Es tu culpa – dijo el principito -, yo no te deseaba ningún mal pero tú quisiste que te domesticara.
- Claro – dijo el zorro.
- Pero vas a llorar ! – dijo el principito.
- Claro – dijo el zorro.
- Entonces no ganas nada !
- Sí gano –dijo el zorro – a causa del color del trigo.
Luego agregó:
- Ve y visita nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Y cuando regreses a decirme adiós, te regalaré un secreto.
El principito fue a ver nuevamente a las rosas:
- Ustedes no son de ningún modo parecidas a mi rosa, ustedes no son nada aún – les dijo. – Nadie las ha domesticado y ustedes no han domesticado a nadie. Ustedes son como era mi zorro. No era más que un zorro parecido a cien mil otros. Pero me hice amigo de él, y ahora es único en el mundo.
Y las rosas estaban muy incómodas.
- Ustedes son bellas, pero están vacías – agregó. – No se puede morir por ustedes. Seguramente, cualquiera que pase creería que mi rosa se les parece. Pero ella sola es más importante que todas ustedes, puesto que es ella a quien he regado. Puesto que es ella a quien abrigué bajo el globo. Puesto que es ella a quien protegí con la pantalla. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres para las mariposas). Puesto que es ella a quien escuché quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Puesto que es mi rosa.
Y volvió con el zorro:
- Adiós – dijo...
- Adiós – dijo el zorro. – Aquí está mi secreto. Es muy simple: sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
- Lo esencial es invisible a los ojos – repitió el principito a fin de recordarlo.
- Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante.
- Es el tiempo que he perdido en mi rosa... – dijo el principito a fin de recordarlo.
- Los hombres han olvidado esta verdad – dijo el zorro. – Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...
- Soy responsable de mi rosa... - repitió el principito a fin de recordarlo.
jueves, 12 de febrero de 2009
Fragmento.
Tomado de: García Márquez, G. (1999) Cuentos 1947-1992. Grupo Editorial Norma. Colombia. Pág.: 280.
martes, 11 de marzo de 2008
DESFILE.(Arthur Rimbaud.)

viernes, 14 de septiembre de 2007
Cronos y sus hermanos.(José Antonio Monje)

Los más famosos fueron los Titanes, los terribles hijos de Gea (la tierra) y Urano (el cielo). Éstos fueron “los primeros dioses”. Entre ellos se contaban los gigantes “de resplandecientes armas”. Junto a ellos los cíclopes “de soberbio espíritu, que regalaron a Zeus el trono y le fabricaron el rayo”, llamados así por oponimia, “ya que, efectivamente un solo ojo completamente redondo se hallaba en su frente”. “También de Gea y Urano nacieron otros tres hijos enormes y violentos cuyo nombre no debe pronunciarse, con cien brazos informes y cincuenta cabezas”. Tales fueron “los primeros dioses”, los hermanos de Cronos, los “Uránidas”, según cuenta Hesíodo en su teogonía.
Lucha de titanes.
También habla este autor de los feroces enfrentamientos entre ellos. Primero fue la rebelión de los titanes contra Urano, que acabó con la castración del padre a manos de Cronos, según un plan urdido por Gea. Luego, la lucha por el dominio del cielo se entablaría por los titanes y los hijos de Cronos, capitaneados por Zeus, al que ayudaron “sus tíos”, los de los cien brazos y cincuenta cabezas: es la famosa titanomaquia. “Éstos entonces se enfrentaron a los titanes en funesta lucha, con enormes rocas y robustas manos. Los titanes, por otra parte, afirmaron sus filas resueltamente. Unos y otros exhibían el poder de sus brazos y de su fuerza. Terriblemente resonó el inmenso ponto y la tierra retumbó con gran estruendo; el vasto del cielo gimió estremecido, y desde su raíz vibró el elevado olimpo por el ímpetu de los inmortales… por todas partes resonaba la tierra portadora de vida envuelta en llamas y crujió el gran estruendo, envuelto en fuego, el inmenso bosque. Hervía la tierra toda y las corrientes del océano y el estéril ponto. Una ardiente humareda envolvió a los titanes nacidos del suelo y una inmensa llamarada alcanzó la atmósfera divina”. Ésta cósmica lucha se resolvió cuan los monstruos de los cien brazos “provocaron un violento combate. Trescientas rocas lanzaban sin respiro con sus poderosas manos y cubrieron por completo con estos proyectiles a los Titanes”. Finalmente, los Titanes fueron arrojados al “tenebroso Tártaro” que Hesíodo describe como un “enorme abismo: no se alcanzaría su fondo ni en todo una año completo, si antes fuera posible franquear sus puertas; sino que por aquí y por allá te arrastraría huracán ante huracán terrible. Horrendo incluso para los dioses inmortales, este lugar.” (Trad, de A. Pérez y A. Martínez). El mito y la ciencia.
Sin duda, la versión transmitida por el primer mitógrafo griego se aproxima a la teoría científica actual mucho más que el relato bíblico de la Creación, donde el origen del Universo es obra de un Dios bondadoso, que en seis días creó “el cielo y la tierra y todo su cortejo” y, rematada su obra, el séptimo descansó complacido con ella. Un proceso ordenado, controlado, amable, en duro contraste con la extrema violencia que caracteriza al mito griego. Y con lo que se percibe a través de los modernos telescopios.
Estos monstruos primigenios se han incorporado al imaginario colectivo de Occidente a través de la literatura, el arte y el folklore. Los nombres propios de estos terribles “primeros dioses” que aparecen por primera vez en este fantástico relato, lleno de fuerza y colorido dramático, obra de un autor que hace ya veintisiete siglos, han sido reutilizados por la cosmología y la física. Pero además convertidos en nombres comunes, se emplea desde siempre en expresiones relacionadas con la fuerza asombrosa y el tamaño excepcional, como “hacer esfuerzos titánicos”, “mantener una lucha de titanes”, “tener un tamaño gigantesco”, “dar pasos o saltos de gigante”, o “construir murallas ciclópeas”.
José Antonio Monje.
Tomado de la revista: La Aventura de la Historia, año II nº 17, marzo del 2000, pág. 93.