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viernes, 26 de marzo de 2010

A treinta años, Monseñor Romero, te recordamos.

Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”
Monseñor Oscar Arnulfo Romero

"Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado".

Elegía, Miguel Hernández


Todas las causas tienen sus mártires, a Oscar Arnulfo Romero le tocó luchar por los derechos de las clases desposeídas de mi país. Desde su ministerio pastoral Monseñor Romero fue uno de los pocos jerarcas de la iglesia que denunció los abusos que se perpetraban en contra de los más pobres durante buena parte del siglo XX. Abusos cometidos por el autoritarismo militar, por los esbirros de uniforme, que defendían los intereses de unos pocos.

Hoy en día, faltan personas hechas con la madera de la cual fue tallado nuestro Obispo Mártir, faltan hombres que tengan la convicción de creer en sus ideales; y estar dispuestos a dar la vida por ellos.
Oscar Arnulfo Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980, a manos de un sicario, por orden del también fallecido Mayor Roberto d’Aubuisson, mientras el Obispo Mártir oficiaba una misa. Desde entonces, Monseñor Romero se ha convertido en un Súper-Yo Cultural [*] para el pueblo salvadoreño que cree en su legado.

Su tumba se encuentra en la cripta de Catedral Metropolitana de San Salvador, reproduce en efigie la fisonomía de Monseñor Romero, representándolo recostado, emergiendo con su atuendo de arzobispo del oscuro material del que está hecho el sepulcro, cuatro figuras sobresalen de las cuatro esquinas del mausoleo, que muestran una actitud solemne.
Para Monseñor Romero la iglesia siempre tenía que estar al servicio de los humildes, su legado se recuerda hasta nuestras fechas, y seguirá vivo en el corazón de los salvadoreños.



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[*] Término propuesto por Sigmund Freud para nombrar a aquellas personas que adquieren la categoría de mito dentro de una cultura, como por ejemplo: Gandhi, Jesucristo, o el Che Guevara.

lunes, 23 de marzo de 2009

JUAN SCHLENKER: UNA TUMBA PARA OLVIDAR.

Vivo cerca de un cementerio y por lo general me gusta pasear en él. Cuando quiero un poco de tranquilidad para leer y distanciarme del ruido me recluyo entre sus tumbas. Creo que es de un joven anormal como yo el sentirse entretenido con la paz que se respira en ese lugar: la verdad me siento más tranquilo rodeado de los muertos que de los vivos, el cementerio es el único lugar de hacinamiento humano que no detesto. Sé que tarde o temprano descansaré en ese sitio, por eso siento un singular respeto por él. En mis continuas visitas me gusta pasear por sus senderos, sentarme sobre alguna tumba, a leer bajo los árboles de ciprés; ver las estatuas diseminadas por todos lados, y de vez en cuando leer algún epitafio.

En mi cementerio se observan muchas cosas extrañas, propias del alma humana. Para mi es como un gran museo. También es una gran biblioteca llena de historias y biografías por desempolvar. Me gusta leer los epitafios de las tumbas más antiguas; especialmente las de principios del siglo pasado. Una de ellas es la tumba de Juan Schlenker: un emigrante alemán de inicios del siglo XX, Quién junto a Manuel Meza Ayau, en el año de 1906, fundaron la mayor empresa cervecera en El Salvador: Industrias la Constancia.

La tumba es una pequeña lapida que se extiende a la altura del suelo, donde se lee en forma lacónica:


JUAN SCHLENKER:
8 de agosto de 1928
1 er. Maestro Cervecero.
La Constancia S.A.


Desde su base se levanta una especie de obelisco, adornado con un blasón; el cual no puede identificarse con claridad por causa del deterioro que ha vivido a lo largo de los años. Esta tumba sigue el mismo diseño de todos los mausoleos fechados a finales del siglo XIX, y primeras tres décadas del XX. Ese diseño es tradicional en todos los sepulcros ilustres.

Mis pesquisas para investigar más acerca del personaje han sido infructuosas, tal parece que el tiempo se ha encargado de ir borrando toda noticia acerca de él, sólo queda esta tumba, la que dentro de poco demolerán para dar paso a otro ocupante. En la historia oficial de la empresa que él alguna vez fundará son muy pobres las referencias. En la administración del cementerio no he encontrado nada. He revisado los libros de actas y me he resignado a pensar que el acta de Juan Schlenker no se encuentra registrada; infructuosamente he buscado en el viejo y desvencijado libro de mausoleos y tumbas referente a 1928, que es el año en que fue enterrado. He interrogado la caligrafía ilegible de todas las actas del mes de agosto de 1928 y me doy cuenta que hay un vacío: precisamente faltan los registros referentes al 8 de agosto. Sólo queda la breve reseña escrita en su tumba: Es como si le hubieran prohibido ser y haber sido.

La tumba de Juan Schlenker es un ejemplo de lo injusto que es el destino. De cómo la memoria de un hombre al cual se le debe la receta de la cerveza que ha hecho ricos a unos, se pierde en el olvido.

miércoles, 27 de febrero de 2008

La última morada del anti-hombre.

A veces también lloro por mi frustrada ancianidad,
Grito sobre mi muerte lejana y prematura,
Sumergido en angustia,
Como quien hunde la cabeza en una almohada
Para que nadie vea sus latentes racimos de tristeza.

Pedro Geoffroy Rivas.
Ronald Orellana.

Entre el silencio y la paz que reinan alrededor de las tumbas del Cementerio General Santa Isabel de la ciudad de Santa Ana, descansan los restos del Dr. Pedro Geoffroy Rivas, poeta y antropólogo, quien naciera el 16 de septiembre de 1908, en esta ciudad y que partiera a la oscuridad definitiva el 10 de noviembre de 1979.

Piedra angular en la tradición intelectual salvadoreña, Geoffroy nos dejó una vasta herencia cultural, desde las ramas de la investigación antropológico-lingüística, con orientación al estudio de las lenguas indígenas y la teorización de una identidad lingüística salvadoreña con los ensayos: Toponimia náhuat de Cuzcatlán (1973); El español que hablamos en El Salvador (1975) y La lengua salvadoreña (1978). En la rama artística los poemarios: Vida pasión y muerte del anti-hombre (1978); Canciones en el viento (1933) y Los nietos del jaguar (1977) entre otros.

En su juventud viajó a México, patria que lo acobijó en diferentes ocasiones cuando por motivos políticos se vio obligado a abandonar El Salvador, en esa nación cursó sus estudios de derecho y antropología, en la prestigiosa Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Su última morada es un mausoleo familiar, el que comparte con sus padres: Pierre Geoffroy (1873-4 de nov. de 1972) y Lola de Geoffroy (1875- 4 de dic. de 1962), ambas inscripciones en una sola placa de mármol; el epitafio que corresponde a Pedro Geoffroy Rivas, se encuentra aparte al costado izquierdo, bajo el apellido de la familia, única distinción del hipogeo. La tumba es sobria, de color ceniciento, con una pequeña superficie que se alza a no más de un metro con veinte centímetros.