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domingo, 14 de marzo de 2010

De “Incursiones De Un Intempestivo” (Friedrich Nietzsche)



A causa de estar escribiendo un ensayo sobre la Ética y la Moral, he estado releyendo el Crepúsculo De Los Ídolos de Nietzsche, (quién – dicho sea de paso – alabó a Dostoievski, y que también se refiriera sobre Dante como: “la hiena que poetiza entre las tumbas” [*]). El fragmento que gloso no ha sido elegido de manera antojadiza: lo enmarco porque en estos últimos meses estas ideas han estado dando vueltas en mi cabeza, además porque ilustra los momentos por los que estoy pasando últimamente.

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De una defensa de tesis doctoral.
– ¿Cuál es la tarea de todo sistema de educación superior?
– Hacer del hombre una máquina.
– ¿Cuál es el medio para ello?
– Tiene que aprender a aburrirse.
– ¿Cómo se logra esto?
– Mediante el concepto del deber.
– ¿Quién es su modelo?
– El filólogo [El Licenciado en Letras]*: enseña a empollar.
– ¿Quién es el hombre perfecto?
- El funcionario estatal.
– ¿Qué filosofía ofrece la fórmula suprema para el empleado estatal?
– La de Kant: el funcionario estatal como cosa en sí colocado como juez sobre el funcionario estatal como fenómeno.

_____________
[*] Incursiones De Un Intempestivo, fragmento 1.
[**] No encontrado en el texto original.

Tomado de:
Nietzsche F. W. (2005) Crepúsculo De Los Ídolos. Longseller, Buenos Aires: Argentina. Pág.:201.

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Video de Nietzsche hundido ya definitivamente en la locura, de la que no saldría hasta su muerte:


martes, 24 de noviembre de 2009

“TRISTES TRÓPICOS” Párrafos últimos (Lévi-Strauss)

El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él. Las instituciones, las costumbres y los usos, que yo habré inventariado en el transcurso de mi vida, son la eflorescencia pasajera de una creación en relación con la cual quizá no posean otro sentido que el de permitir a la humanidad cumplir allí su papel. Lejos de que ese papel le marque un lugar independiente, y de que el esfuerzo del hombre —aun condenado— consista en oponerse vanamente a una decadencia universal, aparece él mismo como una máquina, quizá más perfeccionada que las otras, que trabaja por la disgregación de un orden original y precipita una materia poderosamente organizada hacia una inercia siempre mayor, que un día será definitiva. Desde que comenzó a respirar y a alimentarse hasta la invención de los instrumentos termonucleares y atómicos, pasando por el descubrimiento del fuego —y salvo cuando se reproduce a sí mismo— el hombre no ha hecho nada más que disociar alegremente millares de estructuras para reducirlas a un estado donde ya no son susceptibles de integración. Sin duda, ha construido ciudades y ha cultivado campos; pero, cuando se piensa en ello, esas realizaciones son máquinas destinadas a producir inercia a un ritmo y en una proporción infinitamente más elevados que la cantidad de organización que implican. En cuanto a las creaciones del espíritu humano, su sentido sólo existe en relación con éste y se confundirán en el desorden cuando haya desaparecido. Así, la civilización, tomada en su conjunto, puede ser descrita como un mecanismo prodigiosamente complejo donde nos gustaría ver la oportunidad que nuestro universo tendría de sobrevivir si su función no fuera la de fabricar lo que los físicos llaman entropía, es decir, inercia. Cada palabra intercambiada, cada línea impresa, establece una comunicación entre dos interlocutores equilibrando un nivel que se caracterizaba antes por una diferencia en la información, y por lo tanto una organización mayor. Antes que “antropología” habría que escribir “entropología" como nombre de una disciplina dedicada a estudiar ese proceso de desintegración en sus manifestaciones más elevadas.
Sin embargo, existo. No ciertamente como individuo; pues ¿qué soy desde ese punto de vista, sino la postura, a cada instante cuestionada, de la lucha entre otra sociedad, formada por algunos millares de células nerviosas que se cobijan bajo el hormiguero del cráneo, y mi cuerpo, que les sirve de robot? Ni la psicología, ni la metafísica, ni el arte, pueden servirme de refugio, mitos pasibles ahora también en su interior de un nuevo tipo de sociología que nacerá algún día y que no será con ellos más benevolente que la otra. El yo no es digno sólo de odio: no hay distancia entre un nosotros y un nada. Y si opto finalmente por ese nosotros, aunque se reduzca a una apariencia, es que, a menos que me destruya —acto que suprimiría las condiciones de la opción—, no tenga más que una elección posible entre esa apariencia y nada. Ahora bien, basta con que elija para que, por esta misma elección, yo asuma sin reservas mi condición de hombre: liberándome por ello de un orgullo intelectual cuya vanidad mido por la de su objeto, acepto también subordinar sus pretensiones a las exigencias objetivas de la liberación de una multitud a quien se niegan siempre los medios para tal opción.
Si el individuo ya no está solo en el grupo y cada sociedad ya no está sola entre las cosas, el hombre no está solo en el universo. Cuando el arco iris de las culturas humanas termine de abismarse en el vacío perforado por nuestro furor, en tanto que estemos allí y que exista un mundo, ese arco tenue que nos une a lo inaccesible permanecerá, mostrando el camino inverso al de nuestra esclavitud, cuya contemplación —a falta de recorrerlo— procura al hombre el único favor que sabe merecer: suspender la marcha, retener el impulso que lo constriñe a obturar una tras otra las fisuras abiertas en el muro de la necesidad y acabar su obra al mismo tiempo que cierra su prisión; ese favor que toda sociedad codicia cualesquiera sean sus creencias, su régimen político y su nivel de civilización, donde ella ubica su descanso, su placer, su reposo y su libertad, oportunidad esencial para la vida, de desprenderse y que consiste en aprehender la esencia de lo que fue y continúa siendo más acá del pensamiento y más allá de la sociedad: en la contemplación de un mineral más bello que todas nuestras obras, en el perfume, más sabio que nuestros libros, respirado en el hueco de un lirio, o en el guiño cargado de paciencia, de serenidad y de perdón recíproco que un acuerdo involuntario permite a veces intercambiar con un gato.




Tomado de:
Lévi- Strauss, C (1988) “Tristes Trópicos” Ediciones Paidós Ibérica. Barcelona: España.
Imagen:
Rostro de Lévi-Strauss, con detalle del arte bakairi (Tejidos).

lunes, 16 de marzo de 2009

DÉJÀ VU

Supongamos que soy un hombre racional. Supongamos que me rijo por los postulados de la razón (aunque todos sabemos que dichos postulados, el anti dogmatismo, por citar un ejemplo, siguen siendo preceptos que se transforman en dogmas). Siendo así: ¿Qué sucede cuando un hombre racional experimenta fenómenos inexplicables? o en mi caso: Fenómenos explicados por la ciencia, pero que sus elucidaciones no satisfacen mis expectativas por la complejidad de esas experiencias en mi vida. ¿Qué pasa cuando sentimos llegar a un punto muerto? Donde nuestro racionalismo excesivo no puede darnos explicaciones.

Me habría ahorrado la retórica barata del párrafo anterior, si hubiera empezado por el relato del fenómeno que viví recientemente y que implica a dos personas que considero mis grandes amigos, Alex Calvillo y Alejandro Ventura: el hecho sucedió en la enigmática CASITA DE CHOCOLATE, lugar por lo demás misterioso y sobre el cual se cuentan las más extrañas historias que tienen que ver con lo paranormal. Si mal no recuerdo, eran alrededor de las dos de la madrugada, me encontraba jugando ajedrez “por vez primera” con Alejandro. Alex observaba la partida, y hacia una serie de comentarios con el afán de ver perder a Alejandro. Así estuvimos por largo rato, los tres sentados frente a una pequeña mesa, reunidos alrededor del tablero, cada uno pendiente de la jugada del otro. Así se fueron yendo los minutos, poco a poco las piezas empezaron a acumularse en el lado del tablero del contrario, hasta que nos sucedió algo extraño: en un movimiento de caballo experimenté un Déjà Vu, sentí como si ese momento ya lo había vivido, lo raro fue que en ese instante los tres despegamos la atención del juego y nos vimos a las caras con extrañeza.
Seguimos jugando. Yo me guardé por un momento el comentario de lo que había experimentado hasta que terminó la partida. Después que Alejandro me ganó, me puse de píe y me estiré para desentumecer el cuerpo, bostece, y les dije a mis colegas:

– “hace un rato, en la jugada que hice al mover el caballo para comerme al alfil, sentí algo extraño, algo así como si ya había vivido ese instante”.
Yo me quede callado por un momento, cuando oí que Alejandro sentenció:
– “Tuviste un Déjà Vu”.
–“Sí… Un Déjà Vu” –respondí.
–“Pues a mí me paso lo mismo” – dijo Alex.
–“A mí también” – señaló escépticamente Alejandro. –“Fue la misma jugada. Puedo verte tomando el caballo y haciendo el movimiento, pensé que sólo yo lo había sentido” – Concluyó.

Todos sabemos que una de las explicaciones que se dan acerca del Déjà Vu es que se trata de un fenómeno cerebral, que implica los dos tipos de memoria: la memoria a largo plazo y la memoria a corto plazo, ambas se confunden, creando la impresión de que el momento que se está viviendo entra en un estado de recuerdo, provocando una sensación de familiaridad.

Atendiendo a esta explicación cabe preguntarse: ¿Si el problema es de carácter cerebral? lo lógico es que un solo individuo lo experimente. Entonces: ¿Por qué esa madrugada sufrimos el mismo Déjà Vu tres personas? Esto sólo lo puedo imaginar desligando el fenómeno del terreno de la psicología y transfiriéndolo a la disciplina de la metafísica: la única explicación lógica para mí la da Nietzsche (aunque no es la intención de Nietzsche explicar el Déjà Vu. Pues su finalidad, como la de todo filósofo, es explicar la naturaleza del Ser) en este fragmento, que es el que está relacionada con su concepción del mito del eterno retorno:

Todas las cosas pasan, todas las cosas vuelven; eternamente gira la rueda del Ser. Todas las cosas mueren, todas las cosas florecen de nuevo, eterno es el año del Ser. Todas las cosas se rompen, todas las cosas son unidas de nuevo; la casa del Ser se construye igual a sí misma. Todas las cosas se van, todas las cosas se dan la bienvenida una a la otra de nuevo; eternamente la rueda del Ser mora en sí misma. En cada Ahora, el Ser empieza; en cada Aquí gira la esfera del Ahí en círculo. El centro está en todas partes. El camino de la eternidad está determinado (*)”

Prefiero pensar que Alejandro, Alex y yo, nos encontramos jugando ajedrez continuamente en la eternidad, y que el Déjà Vu que experimentamos esa madrugada de marzo, solo es parte de las repeticiones de nuestras existencias cíclicas. A atribuirle una explicación puramente neurológica, con teorías que a la larga se quedan cortas.
_________________________________
(*) Friederich Nietzsche. (1970) Así habló Zaratustra. Parte tres (el convaleciente). En Colección Nietzsche de bolsillo. Páginas: 329-330.

martes, 6 de enero de 2009

ESCENA.

Un hombre escribe indignado, y llora al saber sobre la injusta condena y sentencia de muerte a la que ha sido reducido su maestro: esa misma escena se repetirá con actores distintos a lo largo de los siglos.

lunes, 20 de octubre de 2008

LA CAVERNA (PLATÓN)

En el libro séptimo de La República, Platón nos ilustra – bajo palabras de de Sócrates – la conocida: “alegoría de la caverna”, donde nos muestra la situación humana con respecto a la realidad. Este relato es el pilar fundamental de la metafísica idealista de Platón. El conocido alumno de Sócrates expone que la verdadera realidad no es como la conocemos, pues estamos guiados por el mundo sensible que corresponde a los sentidos; sólo las Ideas de lo Bueno, lo Justo y lo Sublime son verdaderas, los demás objetos son sombras solamente:

"-Ahora represéntate el estado de la naturaleza humana con relación a la ciencia y a la ignorancia, según el cuadro que te voy trazar: Imagina un antro subterráneo, que tenga en toda su longitud una obertura que dé libre paso a la luz, y en esta caverna, hombres encadenados desde la infancia, de suerte que no puedan mudar de lugar ni volver la cabeza a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen en frente. Detrás de ellos, a cierta distancia y a cierta altura, supóngase un fuego cuyo resplandor les alumbra, y un camino escarpado entre este fuego y los cautivos. Supón a lo largo de este camino un muro, semejante a los tabiques que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores, para ocultarles la combinación y los resortes secretos de las maravillas que hacen.

-Ya me represento todo eso.

-Figúrate personas que pasan a lo largo del muro, llevando objetos de toda clase, figuras de hombres, de animales, de madera o piedra, de suerte que todo esto aparezca sobre el muro. Entre los porteadores de todas estas cosas, unos se detienen a conversar y otros pasan sin decir nada.

-¡Extraños prisioneros y cuadro singular!

-Se parecen, sin embargo, a nosotros punto por punto. Por lo pronto, ¿Crees que puedan ver otra cosa de si mismos y de los que están a su lado que las sombras que van a producirse enfrente de ellos en el fondo de la caverna?

-¿Ni cómo habían de poder ver más, si desde su nacimiento están precisados a tener la cabeza inmóvil?

- Y, respecto de los objetos que pasan detrás de ellos, ¿pueden ver otra cosa que las sombras de los mismos?

-No.

-Si pudieran conversar unos con otros, ¿No convendrían en dar a las sombras que ven los nombres de las cosas mismas?

-Sin duda.

-Y, si en el fondo de su prisión hubiera un eco que repitiese las palabras de los transeúntes, ¿no se imaginarían oír hablar a las sombras mismas que pasan delante de sus ojos?

-Sí.

-En fin, no creerían que pudiera existir otra realidad que estas mismas sombras.

-Sin duda.

-Mira ahora lo que naturalmente debe suceder a estos hombres, si se les libra de las cadenas y se les cura de su error. Que se desligue a uno de estos cautivos, que se le fuerce de repente a levantarse, a volver la cabeza, a marchar y mirar del lado de la luz; hará todas estas cosas con un trabajo increíble; la luz le ofenderá los ojos, y el deslumbramiento que habrá de causarle le impedirá distinguir los objetos, cuyas sombras veía antes. ¿Qué crees que respondería si se le dijese que hasta entonces sólo había visto fantasmas, y que ahora tenía delante de su vista objetos más reales y más aproximados a la verdad? Si enseguida se le muestran las cosas a medida que se vallan presentando, y a fuerza de preguntas se le obliga a decir lo que son, ¿no se le pondrá en el mayor conflicto, y no estará él mismo persuadido de que lo que veía antes era más real que lo que ahora se le muestra?

-Sin duda.

-Y, si se le obligase a mirar al fuego, ¿no sentiría molestia en los ojos? ¿No volvería la vista para mirar a las sombras, en las que se fija sin esfuerzo? ¿No creería hallar en éstas más distinción y claridad que en todo lo que ahora se le muestra?

-Seguramente.
- Si después se le saca de la caverna y se le lleva por el sendero áspero y escarpado hasta encontrar la claridad del sol, ¡qué suplicio sería para él verse arrastrado de esa manera! ¡Cómo se enfurecería! Y, cuando llegara a la luz del sol, deslumbrados los ojos ante tanta claridad, ¿podía ver alguno de estos numerosos objetos que llamamos seres reales?

-De entrada no podría.

-Necesitaría indudablemente algún tiempo para acostumbrarse a ello. Lo que distinguiría más fácilmente sería, primero, las sombras; después las imágenes de los hombres y demás objetos pintados sobre la superficie de las aguas; y, por último, los objetos mismos. Luego dirigiría sus miradas al cielo, al cual podría mirar más fácilmente durante la noche a la luz de la luna y de las estrellas que en pleno día a la luz del sol."

Tomado de:

Platón (2003) La República: Editorial Mestas, Madrid, España. Págs.: 245-247.

jueves, 13 de marzo de 2008

Nietzsche el incomprendido.


En la época en que el cristianismo resultó ser más fecundo, y eso se tradujo en una proliferación de santos y anacoretas, existieron en Jerusalén grandes “manicomios”
Para atender a los santos fracasados, a aquéllos que habían sacrificado hasta el último vestigio de su razón.

F. W. Nietzsche.

Ronald Orellana.

Recientemente, en una conversación que tuve con un docente universitario, saqué a relucir el nombre de Nietzsche, pues venía al caso uno de sus aforismos, me sorprendió la respuesta de mi interlocutor, ya que este me dijo: “a Nietzsche no lo leas,.. Estaba loco” su afirmación en ningún momento me cayó en gracia, no me cabía en la cabeza de que una persona a la que se le está asignado el rol de educar a una población tuviera ese tipo de valoraciones.

Y es que Friedrich Nietzsche ha sido uno de los filósofos más incomprendidos a lo largo de la historia: tildado de loco, antisemita y misógino. Sus detractores se han multiplicado hasta nuestros días, al igual que los seguidores de su pensamiento, no está en el menoscabo personal la crítica de un académico, ese no es el nivel que le concierne, sino en el aspecto teórico, a personas incapaces de percibir eso les queda grande el mote de estudiosos.

La crítica estriba aun más en sectores poco académicos, y en las personas que profesan un fanatismo religioso, que no pueden hacer más que planteamientos que demuestran su miopía intelectual.

Pocos filósofos se dieron a la tarea que Nietzsche se tomo a realizar y es la de socavar los cimentos de lo que es nuestra moral occidental, arremetió contra pensadores como Rousseau, Robespierre y el celebre Kant, con el fin de analizar esa inconsciente obediencia a las costumbres, que es la moral.

Clasificado por Paúl Ricoeur junto a Marx y Freud como uno de los tres maestros de la sospecha, Nietzsche es uno de los filósofos más importantes de la modernidad. Además, como juicio personal, puedo aventurarme a sostener que el autor de El crepúsculo de los ídolos, levanta los cimientos de una antropología de la sociedad occidental.

Con respecto a los desordenes mentales sufridos por él en sus últimos años de vida, algunos sostienen que se debieron por la frustración vivida, pues pasó por momentos muy difíciles: su soledad, su temprana jubilación por motivos de salud[1], y una aparente inadaptación social; otros argumentan que fue debido a la sífilis, planteamiento que no me satisface en lo más mínimo. Por mi parte, vinculo su locura tardía a los padecimientos de epilepsia que sufrió desde niño, además sus padecimientos se dieron en un periodo en el cual el autor ya se encontraba retirado de los campos intelectuales.

La sociedad y las instituciones muchas veces le pasan la factura a individuos excepcionales, que se atreven a pensar por sí mismos. Así, esos hombres libres muchas veces se ven en jaque frente a la sociedad que los margina.

¿Cómo juzgar de loco a un teórico tan lúcido en sus planteamientos? no es que me considere Nietzscheano, pero hay que darle el valor de cada estudioso tiene con respecto a sus aportes en la ciencia y la filosofía, no en su vida personal.

Estas palabras son la respuesta a ese pseudo profesor y a todos aquéllos que tienen un juicio similar.

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[1] Nietzsche dejó de dictar clases el 19 de marzo de 1879, a raíz de sus constantes convulsiones y dolores de cabeza, los cuales sufrió desde que era niño, para ser específicos alrededor de los catorce años. Su jubilación fue precoz, para 1879, no tenía más que 35 años.

domingo, 4 de noviembre de 2007

El andrógino.(Platón)


Platón nos demuestra su posición como pilar de la cultura occidental. En el conocido dialogo del Banquete, el autor de la República, bajo la voz de Aristófanes nos ilustra sobre el mito del Andrógino:
En otro tiempo la naturaleza humana era muy diferente de lo que es hoy. Primero, había tres clases de hombres: los dos sexos que hoy existen, y un tercero, compuesto de estos dos, el cual ha desaparecido, conservándose sólo el nombre. Este animal formaba una especie particular, y se llamaba andrógino, porque reunía el sexo masculino y el femenino; pero ya no existe y su nombre esta en descrédito. En segundo lugar todos los hombres tenían formas redondas, la espalda y los costados clocados en círculo, cuatro brazos, cuatro piernas, dos fisonomías unidas a un cuello circular y perfectamente semejantes, una sola cabeza, que reunía los dos semblantes opuestos entre sí, dos orejas, dos órganos de la regeneración y todo lo demás en esa misma proporción. Marchaban rectos como nosotros, y sin tener necesidad de volverse para tomar el camino que querían. Cuando deseaban caminar ligero, se apoyaban sucesivamente sobre sus ocho miembros, y avanzaban con rapidez mediante un movimiento circular, como el que hace la rueda con los pies al aire. La diferencia que se encuentra entre estas tres clases de hombres nace de la que hay entre sus principios. El sol produce el sexo masculino, la tierra el femenino, y la luna el compuesto de ambos, que participa de la tierra y el sol. De estos principios recibieron su forma y su manera de moverse, que es esférica. Los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, por esos concibieron la atrevida idea de escalara le cielo y combatir con los dioses, como dice Homero de Efialtes y de Oto. Zeus examinó con los dioses el partido que debía tomarse. El tema no carecía de dificultad; los dioses no querían anonadar a los hombres, como en otro tiempo a los gigantes, fulminando contra ellos sus rayos, porque entonces desaparecían con ellos el culto y los sacrificios que los hombres les ofrecían; pero por otra parte, no podían sufrir semejante insolencia. En fin, después de largas reflexiones, Zeus se expresó en estos términos: creo haber encontrado un medio de conservar a los hombres y hacerlos más circunspectos, y consiste en disminuir sus fuerzas. Los separaré en dos; si se harán débiles y tendremos otra ventaja, que será la de aumentar el número de los que nos sirvan; marcharan rectos, sosteniéndose en dos piernas sólo; y, si después de ese castigo conservan su impía audacia y no quieren permanecer en reposo, los dividiré de nuevo, y se verán precisados a, marchar sobre un solo pie (…)
Después de esta declaración, el dios hizo la separación que acababa de resolver, y la hizo como cuando un cabello se divide en dos partes iguales. En seguida mandó a Apolo que curase las heridas y colocase el semblante y la mitad del cuelo en el lado donde se había hecho la separación, con el fin de que la vista de este castigo los hiciese más modestos. Apolo puso el semblante del lado indicado, y reuniendo los cortes de la piel sobre lo que hoy se llama vientre, los cosió a manera de una bolsa que se cierra, no dejando más que una abertura en el centro, que se llama ombligo. En cuanto a los otros pliegues, que eran numerosos, los pulió, y arregló el pecho con un instrumento semejante aquel del que se sirven los zapateros para suavizar la piel de los zapatos sobre la horma, y sólo dejó algunos pliegues sobre el vientre y el ombligo, en recuerdo del antiguo castigo. Hecha esta división, cada mitad hacia esfuerzos para encontrar la otra mitad de la que había sido separada, y, cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, levadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas padecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra. Cuando una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía buscaba otra, a la que se unía de nuevo, ya fuese la mitad de una mujer entera, lo que ahora llamamos una mujer, ya fuese la mitad de un hombre; y de esta manera la raza iba extinguiéndose. Zeus, movido por la compasión, imagina otro expediente; pone adelante los órganos de la generación, porque antes estaban detrás, y se concebía y se derramaba el semen no el uno en el otro (…). Zeus puso los órganos en la parte anterior y de esta manera la concepción se hace mediante la unión del varón y la hembra. Entonces, si se verificaba la unión del hombre y la mujer, el fruto de la misma eran los hijos; y si el varón se unía al varón, la saciedad los separaba bien pronto y los restituía a sus trabajos y demás cuidados de la vida. De aquí procede el amor que tenesmos naturalmente los unos a los otros; el nos recuerda nuestra naturaleza primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos en nuestra antigua perfección. Cada uno de nosotros no es más que la mitad de un hombre, que se ha separado de su todo como se divide una hoja en dos. Estas mitades buscan siempre sus mitades. Los hombres que proceden de la unión de estos seres compuestos que se llaman andróginos, aman a las mujeres; y la mayor parte de los adúlteros pertenecen a esa especie, así como también las mujeres que aman a los hombres y violen las leyes del himeneo. Pero a las mujeres que provienen de la separación de las mujeres primitivas no les llaman la atención los hombres y se inclinan más a las mujeres; a esta especie pertenecen las lesbianas. Del mismo modo los hombres que provienen de la separación de los hombres primitivos buscan el sexo masculino. Mientras son jóvenes, aman a los hombres; se complacen en dormir con ellos y estar en sus brazos; son los primeros entre los adolescentes y los adultos, como que son de una naturaleza más varonil. Sin razón se les hecha en cara que viven sin pudor, porque no es la falta de éste la que les hace obrar así, sino que, dotados de alma fuerte, valor varonil y carácter viril, buscan a sus semejantes ; y la prueba es que con el tiempo son más aptos que los demás para servir al Estado. Hechos hombres, a su vez aman a otros jóvenes, y, si se casan y tienen familia, no es porque la naturaleza los incline a ello, sino porque la ley los obliga. Lo que prefieren es pasar la vida los unos con los otros en celibato. El único objeto de los hombres de ese carácter, amen o sean amados, es reunirse a quienes se les asemejan. Cuando el que ama a los jóvenes o cualquier otro llega a encontrar su mitad, la simpatía, la amistad, el amor los une de una manera maravillosa, que no quieren en ningún concepto separarse en ningún momento. Estos mismos hombres que pasan toda la vida juntos, no pueden decir lo que quieren el no del otro, porque si encuentran tanto gusto en vivir de esta suerte, no es de creer que sea la causa de esto el placer de los sentidos. Evidentemente su alma desea otra cosa que ella no puede expresar, pero que adivina y da a entender. Y si cuando esta el uno en brazos del otro, Hefesto se apareciese con los elementos de su arte y les dijese: “¡Oh hombres! ¿Qué es lo que exigís recíprocamente?” Y Si viéndoles perplejos, continuase interpelándoles de esta manera: “Lo que queréis ¿no es estar de tal manera unidos que ni de día ni de noche estéis el uno sin el otro? Si esto es lo que deseáis, voy a fundirlos y mezclarlos de tal manera, que no seréis ya dos personas, sino una sola, y que, mientras viváis, viváis una vida común como una sola persona y que, cuando hayáis muerto, en la muerte misma os reunáis de manera de manera que no seáis dos personas sino una sola. Ved ahora si esto es lo que deseáis , y si esto es lo que los puede hacer enteramente felices.” Es bien seguro que si esto les dirigiera este discurso, ninguno de ellos negaría ni respondería otra cosa, persuadido de que el dios acababa de expresar lo que en todos los momentos estaba en el fondo de su alma; esto es, el deseo de estar unido y confundido con el objeto amado, hasta no formar un solo ser con él. La causa de esto es que nuestra naturaleza primitiva era una y que éramos un todo completo, y se da el nombre de amor al deseo y persecución de este antiguo estado.
Tomado de:
Platón (2001) Banquete: Editorial Mestas, Madrid, España.
IMAGEN:

viernes, 14 de septiembre de 2007

Cronos y sus hermanos.(José Antonio Monje)


Aquí les dejo este excelente artículo, que encontré en una excelente revista:



El gran cataclismo, origen del universo, intuido por la mitología griega en la lucha cósmica mantenida por los primeros dioses:Gigantes titanes y cíclopes…

La idea de que el origen del universo, hace 10.000 millones de años, se produjo en medio de inimaginables cataclismos fue ya intuida por los griegos. En vez del Big Bang, el “gran bombazo” con el que empezó todo, o las explosiones de estrellas conocidas como “supernovas”, o los agujeros negros, esa especie de vertiginosos sumideros sin fondo, en los más antiguos relatos griegos sobre el origen del cosmos se nos habla del caos primigenio(“en primer lugar existió el caos”)y de seres sobrehumanos, moustrosos, dotados de una fuera y crueldades descomunales, que chocaron entre si en batallas aniquiladoras, tras las cuales los vencidos fueron arrojados a un abismo tenebroso.

Los más famosos fueron los Titanes, los terribles hijos de Gea (la tierra) y Urano (el cielo). Éstos fueron “los primeros dioses”. Entre ellos se contaban los gigantes “de resplandecientes armas”. Junto a ellos los cíclopes “de soberbio espíritu, que regalaron a Zeus el trono y le fabricaron el rayo”, llamados así por oponimia, “ya que, efectivamente un solo ojo completamente redondo se hallaba en su frente”. “También de Gea y Urano nacieron otros tres hijos enormes y violentos cuyo nombre no debe pronunciarse, con cien brazos informes y cincuenta cabezas”. Tales fueron “los primeros dioses”, los hermanos de Cronos, los “Uránidas”, según cuenta Hesíodo en su teogonía.


Lucha de titanes.

También habla este autor de los feroces enfrentamientos entre ellos. Primero fue la rebelión de los titanes contra Urano, que acabó con la castración del padre a manos de Cronos, según un plan urdido por Gea. Luego, la lucha por el dominio del cielo se entablaría por los titanes y los hijos de Cronos, capitaneados por Zeus, al que ayudaron “sus tíos”, los de los cien brazos y cincuenta cabezas: es la famosa titanomaquia. “Éstos entonces se enfrentaron a los titanes en funesta lucha, con enormes rocas y robustas manos. Los titanes, por otra parte, afirmaron sus filas resueltamente. Unos y otros exhibían el poder de sus brazos y de su fuerza. Terriblemente resonó el inmenso ponto y la tierra retumbó con gran estruendo; el vasto del cielo gimió estremecido, y desde su raíz vibró el elevado olimpo por el ímpetu de los inmortales… por todas partes resonaba la tierra portadora de vida envuelta en llamas y crujió el gran estruendo, envuelto en fuego, el inmenso bosque. Hervía la tierra toda y las corrientes del océano y el estéril ponto. Una ardiente humareda envolvió a los titanes nacidos del suelo y una inmensa llamarada alcanzó la atmósfera divina”. Ésta cósmica lucha se resolvió cuan los monstruos de los cien brazos “provocaron un violento combate. Trescientas rocas lanzaban sin respiro con sus poderosas manos y cubrieron por completo con estos proyectiles a los Titanes”. Finalmente, los Titanes fueron arrojados al “tenebroso Tártaro” que Hesíodo describe como un “enorme abismo: no se alcanzaría su fondo ni en todo una año completo, si antes fuera posible franquear sus puertas; sino que por aquí y por allá te arrastraría huracán ante huracán terrible. Horrendo incluso para los dioses inmortales, este lugar.” (Trad, de A. Pérez y A. Martínez).


El mito y la ciencia.

Sin duda, la versión transmitida por el primer mitógrafo griego se aproxima a la teoría científica actual mucho más que el relato bíblico de la Creación, donde el origen del Universo es obra de un Dios bondadoso, que en seis días creó “el cielo y la tierra y todo su cortejo” y, rematada su obra, el séptimo descansó complacido con ella. Un proceso ordenado, controlado, amable, en duro contraste con la extrema violencia que caracteriza al mito griego. Y con lo que se percibe a través de los modernos telescopios.

Estos monstruos primigenios se han incorporado al imaginario colectivo de Occidente a través de la literatura, el arte y el folklore. Los nombres propios de estos terribles “primeros dioses” que aparecen por primera vez en este fantástico relato, lleno de fuerza y colorido dramático, obra de un autor que hace ya veintisiete siglos, han sido reutilizados por la cosmología y la física. Pero además convertidos en nombres comunes, se emplea desde siempre en expresiones relacionadas con la fuerza asombrosa y el tamaño excepcional, como “hacer esfuerzos titánicos”, “mantener una lucha de titanes”, “tener un tamaño gigantesco”, “dar pasos o saltos de gigante”, o “construir murallas ciclópeas”.

José Antonio Monje.



Tomado de la revista: La Aventura de la Historia, año II nº 17, marzo del 2000, pág. 93.