domingo, 4 de noviembre de 2007

El andrógino.(Platón)


Platón nos demuestra su posición como pilar de la cultura occidental. En el conocido dialogo del Banquete, el autor de la República, bajo la voz de Aristófanes nos ilustra sobre el mito del Andrógino:
En otro tiempo la naturaleza humana era muy diferente de lo que es hoy. Primero, había tres clases de hombres: los dos sexos que hoy existen, y un tercero, compuesto de estos dos, el cual ha desaparecido, conservándose sólo el nombre. Este animal formaba una especie particular, y se llamaba andrógino, porque reunía el sexo masculino y el femenino; pero ya no existe y su nombre esta en descrédito. En segundo lugar todos los hombres tenían formas redondas, la espalda y los costados clocados en círculo, cuatro brazos, cuatro piernas, dos fisonomías unidas a un cuello circular y perfectamente semejantes, una sola cabeza, que reunía los dos semblantes opuestos entre sí, dos orejas, dos órganos de la regeneración y todo lo demás en esa misma proporción. Marchaban rectos como nosotros, y sin tener necesidad de volverse para tomar el camino que querían. Cuando deseaban caminar ligero, se apoyaban sucesivamente sobre sus ocho miembros, y avanzaban con rapidez mediante un movimiento circular, como el que hace la rueda con los pies al aire. La diferencia que se encuentra entre estas tres clases de hombres nace de la que hay entre sus principios. El sol produce el sexo masculino, la tierra el femenino, y la luna el compuesto de ambos, que participa de la tierra y el sol. De estos principios recibieron su forma y su manera de moverse, que es esférica. Los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, por esos concibieron la atrevida idea de escalara le cielo y combatir con los dioses, como dice Homero de Efialtes y de Oto. Zeus examinó con los dioses el partido que debía tomarse. El tema no carecía de dificultad; los dioses no querían anonadar a los hombres, como en otro tiempo a los gigantes, fulminando contra ellos sus rayos, porque entonces desaparecían con ellos el culto y los sacrificios que los hombres les ofrecían; pero por otra parte, no podían sufrir semejante insolencia. En fin, después de largas reflexiones, Zeus se expresó en estos términos: creo haber encontrado un medio de conservar a los hombres y hacerlos más circunspectos, y consiste en disminuir sus fuerzas. Los separaré en dos; si se harán débiles y tendremos otra ventaja, que será la de aumentar el número de los que nos sirvan; marcharan rectos, sosteniéndose en dos piernas sólo; y, si después de ese castigo conservan su impía audacia y no quieren permanecer en reposo, los dividiré de nuevo, y se verán precisados a, marchar sobre un solo pie (…)
Después de esta declaración, el dios hizo la separación que acababa de resolver, y la hizo como cuando un cabello se divide en dos partes iguales. En seguida mandó a Apolo que curase las heridas y colocase el semblante y la mitad del cuelo en el lado donde se había hecho la separación, con el fin de que la vista de este castigo los hiciese más modestos. Apolo puso el semblante del lado indicado, y reuniendo los cortes de la piel sobre lo que hoy se llama vientre, los cosió a manera de una bolsa que se cierra, no dejando más que una abertura en el centro, que se llama ombligo. En cuanto a los otros pliegues, que eran numerosos, los pulió, y arregló el pecho con un instrumento semejante aquel del que se sirven los zapateros para suavizar la piel de los zapatos sobre la horma, y sólo dejó algunos pliegues sobre el vientre y el ombligo, en recuerdo del antiguo castigo. Hecha esta división, cada mitad hacia esfuerzos para encontrar la otra mitad de la que había sido separada, y, cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, levadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas padecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra. Cuando una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía buscaba otra, a la que se unía de nuevo, ya fuese la mitad de una mujer entera, lo que ahora llamamos una mujer, ya fuese la mitad de un hombre; y de esta manera la raza iba extinguiéndose. Zeus, movido por la compasión, imagina otro expediente; pone adelante los órganos de la generación, porque antes estaban detrás, y se concebía y se derramaba el semen no el uno en el otro (…). Zeus puso los órganos en la parte anterior y de esta manera la concepción se hace mediante la unión del varón y la hembra. Entonces, si se verificaba la unión del hombre y la mujer, el fruto de la misma eran los hijos; y si el varón se unía al varón, la saciedad los separaba bien pronto y los restituía a sus trabajos y demás cuidados de la vida. De aquí procede el amor que tenesmos naturalmente los unos a los otros; el nos recuerda nuestra naturaleza primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos en nuestra antigua perfección. Cada uno de nosotros no es más que la mitad de un hombre, que se ha separado de su todo como se divide una hoja en dos. Estas mitades buscan siempre sus mitades. Los hombres que proceden de la unión de estos seres compuestos que se llaman andróginos, aman a las mujeres; y la mayor parte de los adúlteros pertenecen a esa especie, así como también las mujeres que aman a los hombres y violen las leyes del himeneo. Pero a las mujeres que provienen de la separación de las mujeres primitivas no les llaman la atención los hombres y se inclinan más a las mujeres; a esta especie pertenecen las lesbianas. Del mismo modo los hombres que provienen de la separación de los hombres primitivos buscan el sexo masculino. Mientras son jóvenes, aman a los hombres; se complacen en dormir con ellos y estar en sus brazos; son los primeros entre los adolescentes y los adultos, como que son de una naturaleza más varonil. Sin razón se les hecha en cara que viven sin pudor, porque no es la falta de éste la que les hace obrar así, sino que, dotados de alma fuerte, valor varonil y carácter viril, buscan a sus semejantes ; y la prueba es que con el tiempo son más aptos que los demás para servir al Estado. Hechos hombres, a su vez aman a otros jóvenes, y, si se casan y tienen familia, no es porque la naturaleza los incline a ello, sino porque la ley los obliga. Lo que prefieren es pasar la vida los unos con los otros en celibato. El único objeto de los hombres de ese carácter, amen o sean amados, es reunirse a quienes se les asemejan. Cuando el que ama a los jóvenes o cualquier otro llega a encontrar su mitad, la simpatía, la amistad, el amor los une de una manera maravillosa, que no quieren en ningún concepto separarse en ningún momento. Estos mismos hombres que pasan toda la vida juntos, no pueden decir lo que quieren el no del otro, porque si encuentran tanto gusto en vivir de esta suerte, no es de creer que sea la causa de esto el placer de los sentidos. Evidentemente su alma desea otra cosa que ella no puede expresar, pero que adivina y da a entender. Y si cuando esta el uno en brazos del otro, Hefesto se apareciese con los elementos de su arte y les dijese: “¡Oh hombres! ¿Qué es lo que exigís recíprocamente?” Y Si viéndoles perplejos, continuase interpelándoles de esta manera: “Lo que queréis ¿no es estar de tal manera unidos que ni de día ni de noche estéis el uno sin el otro? Si esto es lo que deseáis, voy a fundirlos y mezclarlos de tal manera, que no seréis ya dos personas, sino una sola, y que, mientras viváis, viváis una vida común como una sola persona y que, cuando hayáis muerto, en la muerte misma os reunáis de manera de manera que no seáis dos personas sino una sola. Ved ahora si esto es lo que deseáis , y si esto es lo que los puede hacer enteramente felices.” Es bien seguro que si esto les dirigiera este discurso, ninguno de ellos negaría ni respondería otra cosa, persuadido de que el dios acababa de expresar lo que en todos los momentos estaba en el fondo de su alma; esto es, el deseo de estar unido y confundido con el objeto amado, hasta no formar un solo ser con él. La causa de esto es que nuestra naturaleza primitiva era una y que éramos un todo completo, y se da el nombre de amor al deseo y persecución de este antiguo estado.
Tomado de:
Platón (2001) Banquete: Editorial Mestas, Madrid, España.
IMAGEN:

5 comentarios:

Patricia del carmen dijo...

interesante y calsa justo lo que ando buscando gracias

Beleth dijo...

interesante, me gusto mucho...ya que existen estas criaturas andorginas que despiertan en mi fascinacion

Anónimo dijo...

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